EL SEÑOR DE LA GUERRA (2005, Andrew Niccol)

20060821002659-senordelaguerra111.gif Aquí hay algo que no encaja: si, como dicen los antisemitas, Hollywood es un coto privado judío, no se puede entender esta película en la que los tradicantes de armas son judíos (o judaizados), y se muestran escenas de judíos fusilando a niños palestinos. Pero esta película plantea muchos mas problemas. De hecho, más que una película puede ser considerada como un documental.

 

El moderno tráfico de armas

Si debiéramos definir esta película protagonizada por Nicolas Cage de alguna manera, diríamos que se trata de la historia del tráfico de armas en los últimos veinticinco años. Hubo un antes y un después en el comercio de la muerte. Antes de 1982, el tráfico no había alcanzado un nivel alarmante, había armas allí donde eran necesarias pero, habitualmente, eran los propios servicios secretos de los países occidentales los que los facilitaban, en la mayoría de los casos, directamente. Agentes de la CIA se negaron a dejar abandonados hacia 1976 al movimiento angoleño UNITA y, por su cuenta, les hicieron llegar arsenales completos. En Nicaragua, la “contra” se benefició de armas compradas en Israel, pagadas con fondos obtenidos de la venta de crack fabricado en Colombia y vendido en los guetos negros de EEUU. Y luego estaba la guerra de Afganistán, en la que agentes de la CIA establecieron –en ocasiones incluso, por su cuenta- redes de suministro a la resistencia antisoviética. En cuanto a las Falanges Libanesas, se alimentaban de armamento judío, o bien francés. El mayor mercado ilegal de armas era la África postcolonial y su media docena de guerras siempre abiertas desde finales de los 60 (Biafra, Sudáfrica, Congo, ex-colonias portuguesas, etc.).

En el Sur del Líbano, ocupado por los judíos o por las fuerzas cristianas aliadas del comandante Haddad, se generó la caza al palestino. En “El señor de la guerra” se muestran los fusilamientos de niños palestinos a manos del ejército judío.

Pero hacia 1983, todo esto debería cambiar. Empezaron a surgir proveedores privados de armamento, la mayoría relacionados con servicios secretos. El Irangate obligaba a la prudencia y a contar con intermediarios: freelancers. Pocos años después, la URSS empezó a tambalearse; cuando cayó se abrió un nuevo período en el comercio de armas. Ya no se trataba de vender solamente unas cuantas pistolas, munición, fusiles de asalto y granadas, sino que cualquier cosa que matara o sirviera para matar con mayor eficacia salió al mercado.

Una película poco apreciada en EEUU

En ese contexto, es cuando irrumpe el protagonista de la película “El señor de la guerra”. Se trata de un ucraniano llevado por sus padres a los EEUU. Su padre no es judío, pero ha aprendido lo beneficioso que resulta hacerse pasar por judío en EEUU. Un buen día presencia un ajuste de cuentas entre bandas mafiosas y advierte que puede ser un comercio lucrativo. Sus primeras Uzis de contrabando se las facilita un miembro de la sinagoga… a partir de ese momento, su carrera es fulgurante.

Pero en el relato no hay nada inventado, salvo el contexto en el que se sitúa la trama. Los personajes remedan a personajes realmente existentes, las situaciones son calcadas a las que se dieron en la realidad. Recordamos todavía cuando hace quince años recibimos una llamada de Alemania del Este en la que nos solicitaban mediación para vender armas de bases militares rusas en ese país (ya reunificado) con destino a la antigua Yugoslavia. Eran los propios comandantes de las bases los que vendían de saldo todo el material, incluidos tanques, helicópteros, minas antipersona, artillería pesada y cualquier cosa que se les pidiera. Aquello fue para nosotros el primer síntoma de una economía globalizada: las armas las facilitaban generales soviéticos, el intermediario era un traficante chino, los destinatarios eran las distintas fracciones que luchaban en Yugoslavia, y se requería a gentes que no teníamos nada que ver con ese comercio para que utilizáramos nuestras relaciones en Croacia para abrir puertas…

En este sentido, la película es particularmente realista y, en líneas generales, no hay en su argumento nada forzado ni excesivamente imaginativo. Hacia finales de los 80 y luego en la segunda mitad de los 90, África Occidental estalló. Había aparecido petróleo y diamantes. Las ONG´s afluyeron allí como hongos, y también los traficantes. Estos gozaban de particular prestigio en la zona. Liberia y Sierra Leona, las dos zonas más desgraciadas de África, vieron llegar todo tipo de material bélico a cambio de pagos en efectivo, de diamantes y de comisiones procedentes del negocio petrolero. Todo esto queda también reflejado en la película. El tío del protagonista es un general soviético que desvía material de guerra, incluidos T-72, helicópteros de combate y aviones Antonov. Real como la vida misma.

Pero la película termina con la detención del traficante. Nicolas Cage es, finalmente, apresado por su eterno perseguidor, un agente de INTERPOL. Entonces, en el curso de su detención tiene lugar el diálogo fundamental: “¿Crees que me has encerrado para toda la vida? Te diré lo que va a pasar: dentro de un rato, llamarán a esa puerta y un militar de alta graduación te felicitará y te ofrecerá una promoción. Luego te dirá que me dejes en libertad. ¿Por qué? Porque yo trabajo para tu jefe, el presidente de los EEUU, yo hago lo que él no puede hacer directamente… ¿Entiendes?”. En ese momento llaman a la puerta…

Con estos antecedentes –y si tenemos en cuenta que el traficante de armas competidor es, asimismo, judío- no es de extrañar que la película haya pasado sin pena ni gloria por las pantallas norteamericanas. Lo realmente increíble es que esta película haya podido filmarse, con un argumento absolutamente verídico.

Entre otros testimonios políticamente incorrectos, la película muestra las guerras civiles de Liberia y de Sierra Leona, tal como fueron: dictadores caníbales, asesinos psicópatas, niños soldado, guerrilleros empecinados en cortar los miembros de los habitantes de los poblados que saqueaban, putillas con SIDA, jefes tribales enloquecidos, situaciones surrealistas (es rigurosamente cierta la historia de un Antonov que aterrizó de emergencia en una carretera africana y en apenas 24 horas todo el avión fue desguazado por la tribu más próxima), armamento de primera calidad en manos de bestias sanguinarias y sin escrúpulos, drogados con el “doble polvo”, esto es cocaína más pólvora (al lado de la cual, la “leche de pantera”, coñac con pólvora es una mariconada), AK-47 dorados, energúmenos africanos que quieren imitar a Rambo y aspiran a su armamento…. Y así sucesivamente. Por surrealistas que les parezcan las escenas de África y desmadradas las pinceladas con las que han sido descritos los líderes africanos, no tengan la menor duda de que todos ellos han existido. Por eso –y por varias cosas más, pero fundamentalmente, por eso- África muere.

En un momento dado, el dictador caníbal le dice a Nicolas Cage: “Ya somos demócratas” y le tiende un periódico en el que se detalla el fraude electoral en el recuento de votos de Florida que dio la victoria a George Bush en las elecciones de 2000. “A mí también me acusan de pucherazo”. Y el caníbal tenía razón: la distancia entre Bush y cualquier déspota africano no es tanta como parece.

Una película así no podía triunfar en EEUU. De hecho, ni siquiera podemos intuir cómo ha sido posible que se filmara en Hollywood.

Una conclusión apresurada y un comentario de actualidad

Vale la pena meditar sobre esta película que, como hemos repetido antes, es casi un documental. Nos demuestra que, contrariamente a lo que se tiene tendencia a pensar en Europa, las esferas de poder de los EEUU no son completamente homogéneas. Existen distintas fracciones que se disputan el poder; una de ellas, sin duda, es la que esta película denuncia; la otra fracción es la que ha hecho posible esta película.

El poder monolítico no existe en EEUU. Hace unos días aludíamos al corrimiento de fuerzas que tiene lugar en estos momentos en el seno de la administración Bush. Durante los últimos seis años, esta administración ha estado en poder de los neo-conservadores. Este grupo ha arrastrado a EEUU a las intervenciones enloquecidas e inútiles en Aganistán e Irak. Pero el empantanamiento en ambos países ha permitido que la otra fracción del poder, los llamados “realistas”, ganaran terreno en los últimos meses a los “neo-con”. Hace ya dos meses que no se habla ni de eje del mal, ni de intervención en Irán, ni en Siria, ni en Corea del Norte e, incluso, las reacciones ante la enfermedad de Castro han sido extremadamente moderadas por parte de la administración. Detrás de todos estos síntomas lo que subyace es la pérdida de influencia de los “neo-cons” y el avance los “realistas”.

De todo esto se puede inferir que el hecho de que, de tanto en tanto, aparezcan películas como ésta –de alto presupuesto, con actores conocidos y extremadamente cuidada en la producción, montaje y dirección- evidencia luchas de poder en el interior de las élites dominantes norteamericanas. Una película como ésta es radicalmente anti-Bush y anti-neoconservadora.

EEUU no es un poder monolítico. El imperio tiene fisuras. Esta falsa película y verdadero documental así lo evidencia.

© Ernesto Milà – infokrisis – infokrisis@yahoo.es

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